miércoles, 3 de septiembre de 2014

Capítulo 12.

-¡CARLOS!, ¡CARLOS! ¿DÓNDE COJONES ESTÁS?
Bajó corriendo las escaleras, ya preocupado, ¿por qué gritan así? ¿qué está pasando?
-Tío, ¿qué pasa?
Era Hugo.
-¿Dónde está Dea?
-En el baño, ¿por?
-Dile que baje cuando salga.
-¿Para qué?
Ni siquiera le respondió. Carlos sabía perfectamente que no estaba haciendo bien, que a Hugo le gustaba Dea, que no era buena idea que siguieran con esto, quizás debería olvidarse. De todos modos, es solo una chica.
Sus pensamientos duraron lo mismo, que ella en abrir la puerta del aseo. Y ahí entendió todo. No era solo una chica. Era mucho más. Era las ganas de besar, las ganas de escuchar y de ser escuchado, las ganas de no estar solo, las ganas de descubrir. 
-Dea...
-Dime. -Respondió entre sonrisas-
-Hugo quiere verte.
-Pues yo a él no.
En la cara de Carlos se reflejó una mueca de alivio mezclada con esperanzas. Que no entiende muy bien a que se deben.
-Anda, que es su cumpleaños... 
-Vale. -Se limitó a responder.-
Bajó, y allí estaba él, tan alto, tan... tan de todo lo bueno. ¿Por qué le atrae tanto? 
-Hugo, ¿me buscabas?
-Sí, ¿te apetece bailar?
-Qué va, no tengo ni idea. Voy a hacer el tonto. 
-Me refiero, a... a solas. No aquí, delante de todos...
-Oh, vale. Pero entonces, ¿dónde?
-Ven.
Entonces la cogió de la mano, haciendo que sus mejillas de sonrojaran. Dea a la vez que notaba su verguenza, también vió a Carlos, mirándolos desde la escalera y no podía saber si estaba triste o contento, simplemente no podía saberlo, su cara no mostraba ningún tipo de expresión. Luego hablará con él. De momento se limitó a seguir a Hugo. Entraron en la cocina de Carlos, es evidente que sus amigo se saben su casa de memoria, y donde acaba la encimera, empieza una puerta que da a un patio trasero. Muy acogedor. No es demasiado grande, ni demasiado pequeño. Es perfecto. Tiene varias lamparitas pequeñas y si miras hacia el cielo, ves con perfecta claridad las estrellas. 
Me siento en una de las hamacas que hay, esperando que Hugo hable. Me mira; sonríe. Yo no lo hago. 
-Dea...
-Dime. 
Comenzó a sonar música, totalmente tranquila, perfecta para bailar en una de esas películas americanas, que seguro que le han dado la idea de esto. Me pongo de pie delante de él y me agarra de la cintura, me recuerda bastante al día que fui a verle entrenar. Se da cuenta de que no sé donde colocar mis manos, entonces me suelta, junta nuestras manos y conduce las mías hasta su cuello. Y vuelve a poner las suyas en el mismo lugar. 
Sabe bailar; miro nuestros pies e intento seguir el ritmo. ¿Dónde ha aprendido a bailar?
-Esto lo tenías más que pensado. 
Se ríe, y con la misma facilidad que se ha reido, se pone serio. 
-Me debes muchas explicaciones. 
-Lo sé.
Dea no contestó, durante unos segundos que parecían eternos, ninguno de los dos hablaba. Ella quería oír lo que le tenían que decir, pero él hubiera preferido esconderse entre las piedras.
-En el gimnasio del instituto, allí te vi por primera vez. Y bueno, yo estaba empezando con Carol, y tú me llamaste la atención, y al dejarlo con ella justo un tiempo antes de mi cumpleaños... teniendo en cuenta que tenía que llevar a alguien, no sabía a quién. Y, hace unas semanas, estaba con Alex, veníamos de entrenar y entró a ducharse, estaba hablando por whatsapp con Sofía y era algo urgente, algo de una de sus tías, no me acuerdo bien. Y me pidió que le leyera lo que le había escrito, entonces a mí, me dió por mirar su foto de perfil. Y te vi como salías sacando la lengua junto a tu amiga. Y me di cuenta de que sabía quién eras, pero ni siquiera sabía tu nombre. 
Nada más salió Alex, le pregunté por ti y me dijo que te había visto con su prima, pero nunca había hablado contigo. Entonces, me pasé a mi móvil el contacto de Sofía y empecé a hablar con ella, a preguntarle sobre ti y cómo podría hacer para hablarte y para invitarte a venir hoy, aquí, conmigo. 
Me gustas, Dea.

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