martes, 11 de marzo de 2014

Capítulo 8.

Revisó cada uno de ellos, el primero, como no... del grupo de su clase, ese siempre está en funcionamiento. El de sus mejores amigas, aunque no hace demasiado desde que se despidió de ellas. Su padre, informándole de que ya ha llegado a Málaga, y se encuentra bien. Un nuevo grupo, donde Carolina es la administradora.

Dios, lo que me faltaba.

Y la última, y quizá la que más le importa, Hugo. Pidiéndole perdón.

-Qué más da.

-No da igual, me comporté como un crio.

-¿Te das cuenta que desde que nos conocimos no has hecho más que pedirme perdón?
-Bueno, pero si la cago, ¿qué quiéres que haga?
-Dejémoslo aquí. Esta noche nos vemos.


-¿No quiéres que te recoja?

-No, ya llegaré.

-Vale. Hasta luego.

Abre un nuevo chat, para Carlos. Necesita que él le ayude a llegar, han quedado en el 24 horas, que está a unas dos calles de donde vive, en tan solo una hora. Aunque el cumpleaños empieza en dos, pero no quiere que el tiempo se le eche encima. Además, debe pasar a por las bebidas, pero no se lo dice a Dea, porque sabe que entonces no dejará que la lleve. Y quiere hablar con ella, quiere saber si tendrá alguna oportunidad. La conversación finaliza con un guiño de Carlos.

Dea decide no responder más, termina de arreglarse y se pone sus pantalones nuevos. Debería aprovechar de estudiar un poco, el lunes tiene examen de naturales, y ni siquiera ha tocado los libros. Quita de su escritorio la ropa y todo tipo de cosas que puedan distraerla. Coloca su libro, su libreta y un portaminas con goma. Se dispone a empezar a leer, cuando nota, que en el cajón que se encuentra justo rozando sus piernas, sobresalen unos folios en blanco, doblados. Ni rasto de alguna fecha, para identificar de cuando son. Pero los ha escrito ella, nunca confundiría su letra.

Comienza a leer en voz baja.

Estoy harta. No sé como acabar con esto. Cada vez que me miro, me da por llorar. No hago más que pregutarme cómo he llegado hasta este punto. Y qué es lo que me ha traído aquí. Pero mis preguntas tienen respuesta, aunque nadie las entienda. Estar delgada hoy en día, significa pesar 40 kilos, qué lástima de mí, por caer en este juego. Qué pena que estar normas las marque la sociedad, y sea yo quién quiera seguirlas. Intento que me entiendan y que me escuchen, pero ¿quién me va a escuchar? Ya se lo que dirán, 'para todo hay solución, no te preocupes' y una mierda, que alguien me saque de este pozo en el que la salida cada vez está más lejos. 'Cada día te veo más delgada', ¿Si? que raro, si no hago deporte. No, deporte no, pero unas dos horas diarias encerrada en el baño no faltan. Cualquiera diría que estoy loca. Cualquiera creería que solo soy otra triste víctima de lo que significa vivir. Estoy viva, aunque preferiría que todo fuera un sueño. Un sueño que tiene el mismo final, que es morir. Nunca nadie entenderá lo que siento, y si lo hacen, no me consolarán. Escribo porque sufro, y sufro porque no me entienden. Pero no pasa nada, algún día lo superaré, algún día leeré esta carta, si no desaparece antes. Entonces, me miraré al espejo de frente y diré: tú, la de los ojos cansados, basta ya. Toca ser feliz. Porque como suelen decir, 'la vida son dos días'. Y yo estoy viva, y encima, tendré que dar las gracias por ello.

Nada más acabar, sus ojos empiezan a brillar, una lágrima cae lentamente sobre su rostro. Lo escribió, hará cosa de un año. Se coloca las manos sobre la cara.

-No llores. Otra vez no.

Debió quemar todo, seguramente tenga más escondidas por ahí, pero no es momento de buscarlas ni leerlas. No le queda mucho tiempo antes de tener que irse. Y ya no puede estudiar. Ahora recuerda como se sentía, su impotencia y sus ganas de suicidarse. Los días sola, sin hablar con nadie. Sus cartas, sus llantos, todo. Es como si volviera a vivirlo. Y ahora, no para de repetírselo. 'Tú, la de los ojos cansados, basta ya. Toca ser feliz.'

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